lunes, 19 de marzo de 2012

LA BROMA INFINITA


Foster Wallace es un escritor excesivo... en todo.
Con su muerte (suicidio por ahorcamiento, 46 años de edad, en Claremont, California), la Literatura perdió uno de los baluartes óptimos que permitían continuar esperando, año tras año, una nueva broma.
Posiblemente, La broma infinita (Mondadori 2002), su auténtica ópera prima, sea la mejor demostración de ese carácter antes expresado.
La voluminosa novela es, entre otras muchas cuestiones, un auténtico ejercicio de capacidades que, para los habituales, no deberían resultar sorprendente.
Para el lector menos avezado, un par de consejos: (i) disponga de tiempo y tranquilidad (no en vano tendrá delante más de mil páginas de las que casi doscientas son Notas y erratas indispensables para el mejor entendimiento de la catedral literaria) y (ii) no albergue expectativas tradicionales respecto del contenido de la obra.
Los fieles encontrarán en La broma infinita ecos de Foster Wallace que, por ejemplo, también resuenan en su póstuma y recientemente publicada (Mondadori, 2011) El rey pálido.
La pelea por concluir el libro pueden llevar a adoptar las más variadas posturas. Desde unirse al reto de culminar su acometida en 31 días (más información aquí: http://infinitejestchallenge.wordpress.com/) o, para los menos tradicionales, a imaginar los modos en los que, en determinados momentos, uno hubiera asesinado al propio autor.
En todo caso, la historia gira sobre la indudable influencia de una película, que comparte título con la novela, y que provoca importantes efectos secundarios en aquellos que se atreven a visionarla. Todo ello preñado con las peleas de una organización terrorista (los infames asesinos de las sillas de ruedas) que luchan por conseguir la independencia del sudoeste de Québec, en los tiempos de Onan (una especie de OTAN aderezada para la ocasión) y los sinsabores que la vida ofrece a la familia Incandenza (en especial al que planea ser la estrella del tenis mundial, recluido en una endemoniada y adictiva escuela) o los perfectamente dibujados Pemulis y Madame Psicosis.
Foster Wallace en estado puro, con un aroma que impone la mención a Pynchon, en su también mastodóntica, El arco iris de gravedad.
Una experiencia agradable y que, una vez terminada, reporta la victoria, tanto de su finalización, como del contenido de su trama.

2 comentarios:

  1. Venga coño Olmedo...
    No me jodas...
    Déjate de pavadas de éstas y vuelve al Refugio.
    Compré tu libro... enorme, cabrón.

    MADAME H.

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  2. Gracias por los comentarios Madame H. y por el apoyo al Refugio...
    Espero, en breve, poder naufrugar en el horror.

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