jueves, 29 de marzo de 2012

BIENVENIDOS A PYNCHON... UN LENTO APRENDIZAJE


Ciertamente, Thomas Pynchon no es un autor fácilmente
digerible.
Aquéllos que se acerquen a sus obras se iniciarán
en un camino que, en múltiples ocasiones, profundizará en esferas del
surrealismo que imponen cierto ejercicio reflexivo en la lectura (supongo que
algunos defendemos que la Literatura también ha de ser vista como una actividad
de exigencia y que requiere, en determinados momentos, entrega y una buena
dosis de pelea).
El casi anónimo autor estadounidense, Nueva
York, 1937, (excéntrico hasta el punto de enviar a un afamado caricato
disfrazado de payaso, a recoger, en su nombre, el National Book Award que le
había sido concedido) regala múltiples volúmenes (V., la monumental El arco
iris de gravedad, o La subasta del lote 49, tendremos ocasión de volver a ellos
en posteriores entradas) que conforman una geografía adecuada de la alta
literatura, imaginativa, creativa, mordaz, de nuestro(s) siglo(s).
Fue en 1984, cuando Pynchon, famoso por
determinadas irregularidades en el cauce temporal ordinario de publicación, permitió
que viera la luz Un lento aprendizaje, una colección de relatos, de primigenio
escritor universitario (salvo que su propia memoria le traicione), en el que
revela sus fuentes, sus peculiares influencias y una figura que, dentro del
contexto histórico, ayuda a comprender, entre otras múltiples cuestiones, el
reacio comportamiento norteamericano a mantener posturas de igualdad en materia
de raza (disculpa incluida del creador por la posible tendencia racista de
determinados personajes).
Un lento aprendizaje (reeditado en 2011 por
Tusquets, Fábula) acoge hasta cinco relatos iniciáticos
(e indispensables) del escritor y, como indudable joya, un prólogo en el
que él mismo relata sus impresiones, posteriores, al envejecimiento y sentido
de los textos (una pieza completamente impagable, si atendemos al exceso de celo
de Pynchon).
La colección ha pasado a la historia, al menos
para los grandes titulares, por acoger el cuento Entropía, en el que Pynchon
alude al concepto de la termodinámica como eje fundamental de su concepción
literaria. En todo caso, y para los que imaginen que será el cauce para la más
honda comprensión del universo pynchoniano,
conviene reflejar que, en el referido prólogo, el autor ya nos alerta que,
incluso en el momento de la escritura, no acaba de interiorizar oportunamente
tales teorías.
Una lectura obligada para los que deseen formar
parte del círculo de creatividad y grandeza literaria de Pynchon. Una
antepuerta que conduce al olimpo literario que no defrauda… jamás.

jueves, 22 de marzo de 2012

VILA-MATAS LO VUELVE A CONSEGUIR


Aire de Dylan, la última novela del genial Enrique Vila-Matas (Seix Barral), es un libro atrayente desde cualquier ángulo.
Su título evoca la figura del inclasificable artista, música y huidizo poeta, nacido Robert Allen Zimmerman.
La fotografía de su portada, en la que se advierte la desesperación de una congoja adolescente, posiblemente por un no tan inesperado castigo, transmite un pálpito de cercanía (de circunstancia o territorio común en un pasado nunca olvidado).
Y el arranque que vehicula la historia no puede ser más intrigante: un escritor que tiene decidido abandonar su oficio, pasando a comulgar con la más completa mudez, se encuentra, de repente, con la historia que ansiaba poder relatar para culminar su trayectoria (librando su espíritu del dolor que le ofrece no hallarse satisfecho con sus anteriores creaciones).
En ella, Vilnius (copia física de la efigie del joven Bob Dylan y encargado de la gestión de un proyecto inconcebible e inabarcable, el Archivo General del Fracaso), recién huérfano, se halla poseído por el espíritu de su padre, figura importante de la cultura y respetado escritor (respecto del que profería el más profundo de los odios), además de envuelto en una paradójica lucha por encontrar la identidad del verdadero creador de una frase que no para de dar vueltas en su cabeza: "Cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien" (no será el único enigma, ni el único viaje en busca de un objetivo inalcanzable, que nos ofrecerá el escritor catalán a lo largo de las algo más de trescientos páginas).
Como siempre en los universos de Vila-Matas, los personajes se encuentran ante situaciones de lo más variopintas, metaliterarias incluso, y, siguiendo una inveterada tradición, éstos se disfrazarán y visitarán con recurrencia el mundo de lo onírico, hasta transportar al lector a posiciones tenues y de complicada situación.
Aderecen todo lo anterior con imágenes culminantes, asesinatos, suicidios, ingestas etílicas para mantener la cordura, narraciones ante un público que abandona lenta y casi completamente la sala, y momentos de tan evocadora altura como el de una (atractiva) viuda que asegura a su hijo haber quemado las memorias cuya escritura había iniciado el padre (de Vilnius) antes de fallecer; todo ello con la música de fondo de un teatro en el que una corriente nihilista parece querer conquistar el mundo por medio de su inacción ("no hacemos nada, pero somos indispensables").
Una narración apasionante que nos obliga a continuar apostando por Vila-Matas, disfrutando cada una de sus obras como un reducto de lucidez en esta era hastiada de otros menos sugerentes placeres.

miércoles, 21 de marzo de 2012

ULISES Y OTRAS FRAGANCIAS EMBRIAGADORAS


Ustedes y yo sabemos, sobradamente, que existen libros que nos desafían.
Alcancé, hace ya algunos años, el sobrado convencimiento de que existen fundados motivos para acudir a determinados hitos de la Literatura cuando la edad propicia que las emociones sean más calmadas y reposadas.
En ésas nos hallábamos, cuando se culminó, con elegancia, la degustación de Rayuela (quizá un libro adulto para jóvenes) y el acometimiento de otra importante empresa, como es la de Ulises.
Reconozco, sin vergüenza alguna, que desistí, temporalmente, del propósito cuando mediaba el tercer centenar de páginas y que el volumen continúa mirándome, altanero, desde un lugar privilegiado de mi estantería.
En su lugar, y por aquello de acallar mi conciencia, en otros episodios, naufragué, con indudable alegría, entre las líneas de Dublineses (narración épica y sincera de [una] época).
A fe que nos volveremos (en breve) a encontrar. Lo prometo (y él, confiado y nada impaciente, aguarda).

En todo caso, y como éste pretende ser un lugar de grato encuentro y debate de los soldados de la Literatura (en sus más variadas acepciones y calidades), me permito trascribirles (previo agradecimiento eterno) las profundas reflexiones de mi siempre ínclito y docto Sr. Galván, a resultas de un episodio que, sin lugar a dudas, hubiera podido conformar el recorrido que, con maestría, desgrana Joyce en su obra cumbre:

"Nos volvimos a encontrar.
Anoche, tras mucho tiempo, nos volvimos a encontrar.
Otras formas, otras sensaciones, otra viabilidad para el caminar de los años,
las circunstancias, y el pozo que la madurez barniza en la piel de los hombres.
Como otrora, paseé decidido y con tiento firme, con la
determinación y necesidad que mueve al mundo (manifestación externa de los
instintos), hacia el local que, por alguna razón, desde mi primera visita me
reconforta y agrada desde que paso el umbral y mis ojos se deleitan con el
trabajo de los maestros de la madera, al haber compuesto una sinfonía de
superposiciones arbóreas tan sumamente mimadas.
Tras veinte minutos me aposté en la barra, como a la
antigua usanza, dando la espalda a las pantallas LED, proyectores, y
aficionados de uno y otro equipo de rugby; y sólo deseé no ser molestado por
conversaciones banales de féminas...
La sonrisa del amable bodeguero irlandés se borró
repentinamente, probablemente por el fruto de años de servicio, al ver mi
rictus serio, ceño fruncido, y una apremiante necesidad que no prestaba
oportunidad a la zalamería.
Tiró la pinta de trigo sin mirarme y pagué en exceso, sin
preguntar importe.
Y el alcohol irrigó los campos celulares de mi anatomía;
y el fermento fluyó generoso a través de mi aparato circulatorio...y me volví a
encontrar durante unas horas con el otro yo, el que no deriva a merced de
terceros y horarios.
Y de fondo se escuchó, como prolegómeno, el ya
epitafio que resume la noche: ENSAYO".


Y, concluyendo, una reflexión que justificaría una ingesta infinita de las más variadas sustancias (incluyan en su manual de sustancias la devoración de libros):

“A día de hoy, la propia filosofía que inspiró al arisco J.
JOYCE crea Ulises por donde va. ¿Se ve realmente embriagado el sujeto por los efectos del
alcohol o por las letras que repican, eco de la apacible y gustosa dulzura de
la obra del trébol, en su cabeza: Bloom, Bloom, Bloom…?

ps: A todo esto... hoy (rectius ya ayer) fue el Día Mundial de la Poesía... Felíz DMP...
psII: Cometiendo el imperdonable error de las estrellas del rock, pero merecidamente, gracias (encarecidas, honestas y sinceras) Sr. Galván

martes, 20 de marzo de 2012

LITERATURA DE TRENES... CONAN DOYLE Y EL AMOR IMPOSIBLE


Cualquier amante de la Literatura ha de reconocer, aunque sea en sus círculos más restringidos , que atesora a un auténtico y empedernido solitario.
No en vano, el ejercicio de la lectura requiere de una ineludible actitud de atención que comulga mal con los núcleos poblados o especialmente bullicioso.
Por eso, quizá, sea complicado encontrar volúmenes que nos puedan acortar los trayectos de tren en los que nuestros compañeros de viaje se prodigan en exceso en prorrumpir en locuacidad.
Y olvídense de solicitar algo de silencio, serán reprendidos... con fiereza.
En avatares como los referidos, abordé la lectura de Las aventuras de Sherlock Holmes (entre otras, Alianza Editorial, 2012), el afamado recopilatorio de doce relatos y aventuras del más prestigioso, estrambótico y afinado detective de la Literatura mundial.
Los más fanáticos del investigador de Baker Street sabrán que su éxito se cimentó con la publicación de esta compilación en la revista Strand, sin que, los luego aplaudidos, Estudio en escarlata o El signo de los cuatro, hubieran atraído la atención mayoritaria que suscitó este compendio de la resolución del crimen (o de lo acontecimientos más paradójicos).
La agilidad y la imaginación de Conan Doyle regalan al lector un buen puñado de situaciones que pondrán a prueba su ingenio y dotes de percepción.
No desesperen, la eterna trampa de la Literatura, deslumbrará, al final de los breves relatos, para, en la mayor parte de las ocasiones, arrancarles una carcajada de sorpresa o admiración ante una solución que parecía menos evidente de lo que realmente era.
Narradas por boca del inseparable Doctor Watson, Las aventuras de Sherlock Holmes sorprenderán, por su profundidad, a aquéllos que tan solo conozcan del detective inglés por sus representaciones cinematográficas.
Para los que gusten del ejercicio de escalpelo literario, en las doce obras de Conan Doyle, también se respira la desilusión y congoja del autor con el éxito obtenido por los casos de Holmes y sus más altas aspiraciones en el plano creativo que, sin embargo, nunca cosecharon mejor suerte.
Como muestra, la más bella definición de un sentimiento parecido al amor:
"Para Sherlock Holmes ella es siempre la mujer. Rara vez he oído que la mencione por otro nombre. A sus ojos, ella eclipsa al resto del sexo débil. No es que haya sentido por Irene Adler una emoción que pueda compararse al amor. Todas las emociones, y ésa particularmente, son opuestas a su mente fría, precisa, pero admirablemente equilibrada. Es, puedo asegurarlo, la máquina de observación y razonamiento más perfecta que el mundo ha visto; pero como amante, como enamorado, Sherlock Holmes había estado en una posición completamente falsa. Jamás hablaba de las pasiones, aun de las más suaves, sin un dejo de burla y desprecio. Eran cosas admirables para el observador... excelentes para recorrer el velo de los motivos y acciones de los hombres. Pero para el razonador preparado, admitir tales intromisiones en su propio temperamento, cuidadosamente ajustado, era introducir un factor que distraería y descompensaría todos los delicados resultados mentales. Una basura en un instrumento sensitivo o una grieta en un lente finísimo, no habría sido más perjudicial que una emoción intensa en una naturaleza como la suya. Y, sin embargo, para él no hubo más que una mujer, y esa mujer fue la difunta Irene Adler, de dudosa y turbia memoria".
Elemental... y de bellísima factura.

ps: Olvidé, en el día de ayer, cumplimentar una obligación formalista que, al menos así lo entiendo yo, obra implícita en el subtítulo de esta bitácora. Éste es un espacio libre para el debate sobre las sensaciones producidas por la lectura de libros. En definitiva, un reducto de expresión a favor de la Literatura... esa bella dama que nos subyuga y seduce de un modo inenarrable.

lunes, 19 de marzo de 2012

LA BROMA INFINITA


Foster Wallace es un escritor excesivo... en todo.
Con su muerte (suicidio por ahorcamiento, 46 años de edad, en Claremont, California), la Literatura perdió uno de los baluartes óptimos que permitían continuar esperando, año tras año, una nueva broma.
Posiblemente, La broma infinita (Mondadori 2002), su auténtica ópera prima, sea la mejor demostración de ese carácter antes expresado.
La voluminosa novela es, entre otras muchas cuestiones, un auténtico ejercicio de capacidades que, para los habituales, no deberían resultar sorprendente.
Para el lector menos avezado, un par de consejos: (i) disponga de tiempo y tranquilidad (no en vano tendrá delante más de mil páginas de las que casi doscientas son Notas y erratas indispensables para el mejor entendimiento de la catedral literaria) y (ii) no albergue expectativas tradicionales respecto del contenido de la obra.
Los fieles encontrarán en La broma infinita ecos de Foster Wallace que, por ejemplo, también resuenan en su póstuma y recientemente publicada (Mondadori, 2011) El rey pálido.
La pelea por concluir el libro pueden llevar a adoptar las más variadas posturas. Desde unirse al reto de culminar su acometida en 31 días (más información aquí: http://infinitejestchallenge.wordpress.com/) o, para los menos tradicionales, a imaginar los modos en los que, en determinados momentos, uno hubiera asesinado al propio autor.
En todo caso, la historia gira sobre la indudable influencia de una película, que comparte título con la novela, y que provoca importantes efectos secundarios en aquellos que se atreven a visionarla. Todo ello preñado con las peleas de una organización terrorista (los infames asesinos de las sillas de ruedas) que luchan por conseguir la independencia del sudoeste de Québec, en los tiempos de Onan (una especie de OTAN aderezada para la ocasión) y los sinsabores que la vida ofrece a la familia Incandenza (en especial al que planea ser la estrella del tenis mundial, recluido en una endemoniada y adictiva escuela) o los perfectamente dibujados Pemulis y Madame Psicosis.
Foster Wallace en estado puro, con un aroma que impone la mención a Pynchon, en su también mastodóntica, El arco iris de gravedad.
Una experiencia agradable y que, una vez terminada, reporta la victoria, tanto de su finalización, como del contenido de su trama.