
Aire de Dylan, la última novela del genial Enrique Vila-Matas (Seix Barral), es un libro atrayente desde cualquier ángulo.
Su título evoca la figura del inclasificable artista, música y huidizo poeta, nacido Robert Allen Zimmerman.
La fotografía de su portada, en la que se advierte la desesperación de una congoja adolescente, posiblemente por un no tan inesperado castigo, transmite un pálpito de cercanía (de circunstancia o territorio común en un pasado nunca olvidado).
Y el arranque que vehicula la historia no puede ser más intrigante: un escritor que tiene decidido abandonar su oficio, pasando a comulgar con la más completa mudez, se encuentra, de repente, con la historia que ansiaba poder relatar para culminar su trayectoria (librando su espíritu del dolor que le ofrece no hallarse satisfecho con sus anteriores creaciones).
En ella, Vilnius (copia física de la efigie del joven Bob Dylan y encargado de la gestión de un proyecto inconcebible e inabarcable, el Archivo General del Fracaso), recién huérfano, se halla poseído por el espíritu de su padre, figura importante de la cultura y respetado escritor (respecto del que profería el más profundo de los odios), además de envuelto en una paradójica lucha por encontrar la identidad del verdadero creador de una frase que no para de dar vueltas en su cabeza: "Cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien" (no será el único enigma, ni el único viaje en busca de un objetivo inalcanzable, que nos ofrecerá el escritor catalán a lo largo de las algo más de trescientos páginas).
Como siempre en los universos de Vila-Matas, los personajes se encuentran ante situaciones de lo más variopintas, metaliterarias incluso, y, siguiendo una inveterada tradición, éstos se disfrazarán y visitarán con recurrencia el mundo de lo onírico, hasta transportar al lector a posiciones tenues y de complicada situación.
Aderecen todo lo anterior con imágenes culminantes, asesinatos, suicidios, ingestas etílicas para mantener la cordura, narraciones ante un público que abandona lenta y casi completamente la sala, y momentos de tan evocadora altura como el de una (atractiva) viuda que asegura a su hijo haber quemado las memorias cuya escritura había iniciado el padre (de Vilnius) antes de fallecer; todo ello con la música de fondo de un teatro en el que una corriente nihilista parece querer conquistar el mundo por medio de su inacción ("no hacemos nada, pero somos indispensables").
Una narración apasionante que nos obliga a continuar apostando por Vila-Matas, disfrutando cada una de sus obras como un reducto de lucidez en esta era hastiada de otros menos sugerentes placeres.
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