martes, 20 de marzo de 2012

LITERATURA DE TRENES... CONAN DOYLE Y EL AMOR IMPOSIBLE


Cualquier amante de la Literatura ha de reconocer, aunque sea en sus círculos más restringidos , que atesora a un auténtico y empedernido solitario.
No en vano, el ejercicio de la lectura requiere de una ineludible actitud de atención que comulga mal con los núcleos poblados o especialmente bullicioso.
Por eso, quizá, sea complicado encontrar volúmenes que nos puedan acortar los trayectos de tren en los que nuestros compañeros de viaje se prodigan en exceso en prorrumpir en locuacidad.
Y olvídense de solicitar algo de silencio, serán reprendidos... con fiereza.
En avatares como los referidos, abordé la lectura de Las aventuras de Sherlock Holmes (entre otras, Alianza Editorial, 2012), el afamado recopilatorio de doce relatos y aventuras del más prestigioso, estrambótico y afinado detective de la Literatura mundial.
Los más fanáticos del investigador de Baker Street sabrán que su éxito se cimentó con la publicación de esta compilación en la revista Strand, sin que, los luego aplaudidos, Estudio en escarlata o El signo de los cuatro, hubieran atraído la atención mayoritaria que suscitó este compendio de la resolución del crimen (o de lo acontecimientos más paradójicos).
La agilidad y la imaginación de Conan Doyle regalan al lector un buen puñado de situaciones que pondrán a prueba su ingenio y dotes de percepción.
No desesperen, la eterna trampa de la Literatura, deslumbrará, al final de los breves relatos, para, en la mayor parte de las ocasiones, arrancarles una carcajada de sorpresa o admiración ante una solución que parecía menos evidente de lo que realmente era.
Narradas por boca del inseparable Doctor Watson, Las aventuras de Sherlock Holmes sorprenderán, por su profundidad, a aquéllos que tan solo conozcan del detective inglés por sus representaciones cinematográficas.
Para los que gusten del ejercicio de escalpelo literario, en las doce obras de Conan Doyle, también se respira la desilusión y congoja del autor con el éxito obtenido por los casos de Holmes y sus más altas aspiraciones en el plano creativo que, sin embargo, nunca cosecharon mejor suerte.
Como muestra, la más bella definición de un sentimiento parecido al amor:
"Para Sherlock Holmes ella es siempre la mujer. Rara vez he oído que la mencione por otro nombre. A sus ojos, ella eclipsa al resto del sexo débil. No es que haya sentido por Irene Adler una emoción que pueda compararse al amor. Todas las emociones, y ésa particularmente, son opuestas a su mente fría, precisa, pero admirablemente equilibrada. Es, puedo asegurarlo, la máquina de observación y razonamiento más perfecta que el mundo ha visto; pero como amante, como enamorado, Sherlock Holmes había estado en una posición completamente falsa. Jamás hablaba de las pasiones, aun de las más suaves, sin un dejo de burla y desprecio. Eran cosas admirables para el observador... excelentes para recorrer el velo de los motivos y acciones de los hombres. Pero para el razonador preparado, admitir tales intromisiones en su propio temperamento, cuidadosamente ajustado, era introducir un factor que distraería y descompensaría todos los delicados resultados mentales. Una basura en un instrumento sensitivo o una grieta en un lente finísimo, no habría sido más perjudicial que una emoción intensa en una naturaleza como la suya. Y, sin embargo, para él no hubo más que una mujer, y esa mujer fue la difunta Irene Adler, de dudosa y turbia memoria".
Elemental... y de bellísima factura.

ps: Olvidé, en el día de ayer, cumplimentar una obligación formalista que, al menos así lo entiendo yo, obra implícita en el subtítulo de esta bitácora. Éste es un espacio libre para el debate sobre las sensaciones producidas por la lectura de libros. En definitiva, un reducto de expresión a favor de la Literatura... esa bella dama que nos subyuga y seduce de un modo inenarrable.

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