La novela, publicada allá por el año 1932, sorprenderá al lector por su tremenda actualidad y por constituirse, si se permite, en la primera road movie literaria de la que beben, sin lugar a dudas y notoriamente influidos, otros exitosos novelistas de bastantes décadas posteriores.
El protagonista de la historia, Ferdinand Bardamu, es el sujeto activo de un cúmulo de aventuras e historias que le llevarán por los más recónditos confines de la tierra, viviendo las situaciones más variopintas y visitando terrenos que, como en la canción, "alguien más sensato que yo querría evitar".Por las más de quinientas páginas del volumen (entre otras, Edhasa, 2011), las peripecias de Bardamu demuestran la vileza del ser humano y lanzan un mensaje pesimista y existencialista que explica el clima de entre guerras en el que se hallaba sumida la Europa continental de los treinta.
Las imágenes que Louis-Ferdinand Céline coloca ante los ojos del lector provocarán, sin duda, en ocasiones, un frontal rechazo para los que desean obviar los límites más oscuros e incomprensibles de la realidad, pero serán aplaudidas por la valentía y honestidad con las que el francés los traslada al discurso narrativo.
Para los amantes de la política de la corrección, debemos señalar que, el año pasado, y con motivo del cincuentenario del deceso de Céline, se generó un arduo debate sobre la conveniencia de festejar tal efeméride, fruto del evidente antisemitismo del francés (del que son exponente claros sus manifiestos). Como podrán entender, y en una enérgica muestra más del poder del establishment carente de análisis profundo, no hubo agasajos a la figura del genial creador, ni siquiera para agradecerle su función como médico de las capas más desfavorecidas y suburbiales en el Paris de los cincuenta y comienzos de los sesenta que le vería morir, tras haberle exiliado.
Afortunadamente, y para todos aquéllos que sepan acercarse a la figura de un artista, contextualizando sus opiniones y colocándolas en el justo ámbito de su arco temporal, Viaje al fin de la noche se alza como una majestuosa fuente de variedad lingüística y de demostración de dominio del lenguaje directo y cruento, en una arquitectura literaria que merece un aplauso incondicional por su elegancia en la visita de las delgadas líneas del precipicio, el terreno abismal por naturaleza.
Sea como fuere, Céline, desde el lugar en el que repose siempre podrá alardear de ser el escritor más traducido después de Proust de la literatura francesa del siglo XX.





